Asociación de Veteranos de Dragados

Pinche en las letras para adaptar el tamaño del texto

Públicas:547764

Privadas:6320

 

 TERTULIA HISTORIA - H78 EJERCITO NAPOLEONICO EN ESPAÑA - PARTE I/III

Categoría: Historia
Fecha: 29/01/2020

La actuación de los ejércitos napoleónicos en España fue un desastre de tal calibre que es difícil encontrar otro hecho que sumiera al país en una ruina total desde el punto de vista social, económico y cultural.

Socialmente, la división entre españoles, unos partidarios de las ideas napoleónicas, los afrancesados, que veían en ello una manera de incorporar España a la modernización, y del otro los contrarios a estas ideas, partidarios del Antiguo Régimen y de la sociedad estamental. Entre los primeros personajes como Cabarrùs, Leandro Fernández de Moratín, Alberto Lista, etc., y un gran número de militares, clérigos y nobles, que iniciaron el primer exilio de españoles por razones políticas.

Demográficamenteel desastre fue muy importante, con una población de 11 millones de habitantes, perdieron la vida en acciones bélicas 250.000 españoles (y 200.000 franceses), aunque la cifra de muertos por acción de la hambruna y enfermedades pude acercarse a más de 1 millón.

Josep Fontana calcula una pérdida de población de 215.000 a 375.000 habitantes entre los que murieron y los que no nacieron, a los que añadir de 350.000 a 500.000 como consecuencia de las hambrunas y epidemias.

Una idea de la situación de hambre generalizada fue el año 1812 durante el cual en Madrid se retiraba cada mañana un número considerable de cadáveres. Un testigo escribía: “hevisto con mis ojosa gente acomodada disputar a los perros pedazos de caballos o de mulos muertos hacía seis días y en otra ocasión un niño que acababa de morir por inanición fue comido por sus pequeños compañeros”.

A las barbaries del ejercito napoleónico se añadieron las realizadas por el ejército de Wellington y por las mismas fuerzas españolas dedicadas al saqueo y las violaciones en los pueblos y ciudades tomadas.

La crueldad de los ejércitos napoleónicos y la reacción de los españoles contra ellos llegaron a situaciones execrables.

Antonio Moliner en la Revista de Historia Militar recoge un informe de la Gazeta Militar y Política del Principado de Cataluña del 2 de septiembre de 1808: “No hay ejemplo de crueldades iguales a las que se han visto en Cataluña. Las mismas casas y familias que más sirvieron y regalaron a estos generales fueron vilmente saqueadas, quemadas y presas sin la menor causa.

Los templos no solo robados, sino destruidos sus muebles, y los vasos e imágenes profanados, vilipendiados y destruidos.; hasta deleitarse en el negro placer de beber con los cálices y copones en las calles y tabernas. Ellos han quemado pueblos, degollado niños, mujeres preñadas, tirando en alto criaturas para ensartarlas en las bayonetas. Estos horrores que alguna vez se han visto en los salvajes los han practicado los franceses por principios y máximas de su iniquidad, y con órdenes expresas de susgenerales…”

Económicamente la guerra resultó muy costosa. Los ejércitos contendientes y las guerrillas se aprovisionaron sobre el terreno mediante requisas. La devastación y los robos diezmaron la producción agraria, mientras que los campesinos no se animaron a cultivar por la incertidumbre. Las cosechas de 1811 y 1812 fueron malas y escasas. La falta de subsistencia extendió el hambre y provocó una intensa crisis de mortandad en 1812. No solo cayó la producción agrícola, hubo industrias que casi desaparecieron como la textil lanera de Castilla, ya que los rebaños de ovejas merinas sirvieron para alimentar a las tropas. El transporte de mercancías se paralizó, pues los bueyes, mulos, caballos y otros animales de tiro fueron incautados por los militares. Los campesinos fueron los que pagaron la mayor parte de los costes de la guerra a través de los suministros y exacciones arrancadas en todos los pueblos donde las tropas estacionaban.

Por último, la guerra generó un fuerte déficit en las finanzas públicas: en 1815 la deuda estatal superaba los 12 000 millones de reales, cifra veinte veces superior a los ingresos anuales ordinarios.

Por otra parte,otras consecuencias de la guerra fueron desastrosas para España. A la gran cantidad de muertos y la destrucción de pueblos y ciudades se unieron la rapiña de muchos franceses y también de los ingleses, cuya deslealtad puede verse ejemplificada en el bombardeo, ordenado por Wellington, de la industria textil de Béjar que era competidora de la inglesa​ o en la destrucción de la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro en Madrid cuando ya los franceses habían evacuado la ciudad.

El capítulo del expolio cultural merece una consideración especial. No solo se expoliaron cuadros de artistas del primer nivel, sino que se destruyeron monumentos, conventos, se levantaron y profanaron tumbas, se utilizaron edificios del patrimonio artístico como caballerizas, y un sinfín de actos vandálicos.

El caso del expolio de las obras pictóricas en Sevilla es paradigmático de lo acontecido en el resto del país, donde el mariscal Soult durante su estancia de 2 años en la ciudad formó una increíble colección de más de 100 pinturas de renombrados maestros de la escuela sevillana, principalmente Murillo, además de otros de Tiziano, Van Dick, Ribera Sebastiano del Pombo, etc.

Entre los cuadros expoliados por Soult se encuentran los del convento de San Francisco, de la Merced Calzada, de la Catedral de Sevilla, de la iglesia de Santa María la Blanca, del Hospital de los Venerables, del hospital de la Caridad,etc. Cuando Soult cruzó Madrid el 2 de marzo de 1813 iba al frente de una caravana de carros cargadas de cuadros, andaluces la mayor parte. Estos cuadros no fueron restituidos y la colección fue subastada y dispersa por toda Europa. Fueron rescatadas la Inmaculada de Velázquez y el San Sebastián de Ribera.

Otro caso es el de la columna del capitán Lautrec que de camino hacia Burgos desmontaron entero un retablo de un convento de monjas.

Otros generales como Sully, Mathieu de Faviers,Lapereyre, D`Armagnac, etc., además de José I, robaron cuantas pinturas encontraron a su paso.

Mathieu de Faviers tuvo debilidad por los murillos llevándose “La muerte de Santa Clara”, “San Diego de Alcalá”, “San Gil ante Gregorio IX”, “El triunfo de la Iglesia”, “San Antonio de Padua y el niño Jesús”, todos ellos hoy en día fuera de España, en Toulouse, Raleigh, Londres, Berlín, etc.

Si el botín de los generales fue enorme causando un estrago en nuestro patrimonio artístico no le queda a la zaga el expolio realizado por José Bonaparte. El 20 de diciembre de 1809 se promulga el decreto de la fundación del museo de Madrid en el que se incluía la expropiación de numerosas pinturas para ser enviadas a Francia. La requisa de cuadros se realizó principalmente en Sevilla y Madrid. En Sevilla fueron requisados nada menos que 999 cuadros que se depositaron en Real Alcázar, mientras que en Madrid se creó una comisión asesora, de la que formaba parte Goya y que al parecer saboteó el encargo, pero no pudo evitar que más de millar y medio de cuadros fueran expoliados de los conventos e iglesias y depositados en los conventos de San Francisco y del Rosario. Gran parte de estos cuadros se deterioraron y otros fueron robados o fruto del pillaje por falta de custodia; otros muchos fueron escondidos por los frailes y monjas antes de que los franceses los incautaran o fueron vendidos a bajo precio.

No escapó de este pillaje el Monasterio del Escorial del que salieron varios centenares de pinturas.

A la huida de José Bonaparte este se llevó centenares de pinturas procedentes del Palacio Real, pero el convoy fue saqueado antes de abandonar España y parte se los cuadros llegaron a manos del general Wellington que escribió al ministro de España en Inglaterra Duque de Fernán Núñez para proceder a su devolución, quien en su sorprendente respuesta le regaló todas las obras recuperadas.

Derrotado Napoleón, una embajada diplomática española se envió a Paris para gestionar la recuperación de los robado para el fracasado Museo de Madrid, pero las pinturas robadas por los generales franceses no se recuperaron salvo excepciones.

Peor fue la actuación del representante español en el Congreso de Viena que de forma negligente no aportó la documentación precisa para su devolución y en muchos casos accediendo a recibir el valor de los cuadros a precio muy devaluado.

Lo cierto es que, entre los robado por los generales, José Bonaparte, los marchantes franceses que cayeron como aves de rapiña por España y los deterioros sufridos una enorme parte de nuestro patrimonio pictórica fueron dispersados por todo el mundo.

Como resumen podemos decir que la devastación humana, económica, cultural y social fue de tal magnitud que, unido a la pérdida de las posesiones americanas, la actuación de Napoleón en España significó un retroceso del que difícilmente se salió.

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA: apuntes sobre la guerrilla. Paco castellanos

Incapaces de mantenerse en campo abierto las tropas españolas frente al ejército francés, muy superior en número (Ver cuadro adjunto), armamento, preparación técnica y movilidad, “aflojaron” en su fórmula primera, la guerra regular, para establecer un modo distinto y enteramente inédito: la guerrilla.

                                        Fuerzas regulares combatientes

Periodo FrancesasEspañolasAnglolusitanas

Junio 1808                165.000                  130.000                              

Octubre 1808            300.000                  115.000                33.000

Enero 1810               325.000                  100.000                50.000

Octubre 1811            355.000                    90.000                63.000

Octubre 1812            260.000                    90.000                 65.000

Junio 1813                  99.000                   105.000                81.000      

 

Tras el triunfo de Bailén, todos los enfrentamientos fueron favorables a los franceses, pero con la particularidad de que estos enfrentamientos no se saldaban con la desaparición del ejército vencido, pues las fuerzas españolas, ante su posible derrota, se retiraban, disgregaban y no siempre se recomponían, dando lugar en muchas ocasiones a agrupaciones – partidas – que empezaban a actuar por su cuenta.    

La dispersión, el abandono de las banderas regimentales, situación muy próxima a la deserción, delito en que incurrían miles de soldados españoles, es el punto de partida que iba a adquirir la guerra en la península.

La aparición de las guerrillas como fenómeno bélico no se produce realmente hasta los primeros meses de 1809. Antes de estas fechas existen casos aislados como el de Juan Martín Díaz, el Empecinado, que ya inició sus ataques a los correos franceses en 1808; y el cura Merino, que se lanzó al campo en enero de 1809, y dos meses después tenía una partida de 300 jinetes armados. Las restantes partidas comienzan en estos meses del año. En la región del Ebro, Renovales es uno de los prisioneros hechos por los franceses al producirse la capitulación de Zaragoza. Fugado durante su tránsito a Navarra, se refugió en el valle del Roncal y reunió una partida con personas de su misma procedencia. La rendición de Jaca determinará la entrada en combate de Sarasa; y la incorporación de Espoz y Mina a la guerrilla de Navarra después de la caída de Zaragoza. El coronel Gayán, tras el fracaso de la invasión de Aragón por el ejército de Blake, se convierte en guerrillero; igualmente, el brigadier Villacampa, que forma una partida en el verano de 1809, haciendo del monasterio del Tremedal su base de operaciones. En el norte, forman partidas Díaz Porlier el Marquesito y Longa, procedentes de regimientos en retirada.

En Cataluña, del somatén proceden los jefes de las distintas partidas que formaron Manso y Solá, mientras Franch y Estalella surgen de las filas de los que combatieron en el Bruch. 

La aparición de la guerrilla atrajo de inmediato la atención de la Junta Central, que tras hacer responsables a los franceses de un sistemático incumplimiento de las leyes de la guerra y saquear los lugares que ocupaban, declara el derecho universal de los españoles a luchar por su rey y por su independencia, afirmando su condición de combatientes aun cuando no llevasen el uniforme de soldado. Y le señalan a la guerrilla los siguientes objetivos respecto de los franceses: evitar la llegada de subsistencias, hacerles difícil vivir en el país, destruir o apoderarse de su ganado, interrumpir sus correos, observar el movimiento de sus ejércitos, destruir sus depósitos, fatigarles con alarmas continuas, sugerir toda clase de rumores contrarios, en fin, hacerles todo el mal posible.  

La guerrilla presupone el carácter nacional de la guerra, que se manifiesta en la colaboración plena del pueblo que adopta una posición beligerante sin la cual los guerrilleros estarían condenados a su inmediato exterminio. Esta acción bélica tiene como sujetos a todos los nacionales en todas las horas del día y de la noche, sin someterse a limitaciones de movimientos y acción propios de las más nutridas unidades regulares.

Como estrategia de actuación utilizan, caso de ofensiva, la sorpresa, factor que a su vez depende de la rapidez de movimientos y de la reducción al mínimo del tiempo necesario para entrar en combate; y en caso de retirada, evitar los combates en que no existe la certeza absoluta de victoria.

Un estudio analítico de la guerra, en que se trate más de valorar el número de bajas y los daños causados a los franceses, que de describir batallas libradas de acuerdo a los principios académicos de la táctica militar, habrá de estimar forzosamente la acción de las guerrillas como más decisiva que la de los ejércitos regulares español e inglés. Los franceses no fueron obligados a evacuar el país por la derrota que sufrieron en Los Arapiles o la que posteriormente experimentaron en Vitoria. Su dominio de la península era tan crítico que un solo resultado adverso les obligó a evacuar, primero Andalucía y posteriormente toda la península.    

  

EL EJÉRCITO NAPOLEÓNICO EN ESPAÑA. Fernando Ortiz

Los acontecimientos de Aranjuez en marzo de 1808 fueron los primeros estertores de la agonía del Antiguo Régimen en España. La intervención popular, aunque manipulada, fue decisiva, puesto que no solo consiguió la renuncia de un ministro odiado, sino también la renuncia de un soberano y el acceso al trono de un nuevo rey impuesto por la voluntad popular, más o menos manipulada, contra la voluntad del rey actual. Buscando la recuperación del trono usurpado por su propio hijo, Carlos IV escribió a Napoleón para 'ponerse en los brazos de un gran monarca, aliado suyo'. Esto provocó que Napoleón confirmara su idea sobre la debilidad e ineficiencia de la corona española y se decidiera a disponer de España. Dudó entre dos alternativas, anexionar al Imperio francés la zona al norte del Ebro excepto Vizcaya, nombrando rey del resto a Fernando, futuro VII, (quien se ofreció a ello a condición de casarse con una sobrina de Napoleón, entrando así en la familia imperial) o respetar la integridad del reino y poner como rey a uno de sus hermanos. Visto el carácter de Fernando y la oposición de su sobrina se decidió por lo segundo. Previamente, había comenzado a preparar militarmente ambas alternativas.

La presencia de tropas francesas en España, en virtud del tratado de Fontainebleau (27 de octubre de 1807), se había ido haciendo amenazante a medida que iban ocupando (sin ningún respaldo del tratado) diversas localidades españolas (Burgos, Salamanca, Pamplona, San Sebastián, Barcelona o Figueras). El total de soldados franceses acantonados en la Península en mayo de 1.808 ascendía a 116.979 hombres (1), que, deduciendo el llamado Ejército de Portugal (Junot) dejaban 92.001 en el Ejército de España (Murat), que controlaba las comunicaciones de Francia con Portugal y con Madrid y la frontera hispanofrancesa.

 El ejército francés en la Península en esta fecha estaba compuesto por cinco Cuerpos y un destacamento:

 El ejército francés en la Península en esta fecha estaba compuesto por cinco Cuerpos y un destacamento:

· Primer Cuerpo de Observación de la Gironda (general Junot), con tres divisiones de infantería, una de caballería y la artillería correspondiente, con un total de 24.978 hombres. Era el Ejército de Portugal.

· Segundo Cuerpo de Observación de la Gironda (general Dupont), de igual composición, con un total de 24.428 hombres.

· Cuerpo de Observación de las Costas delOcéano (mariscal Moncey), idem. con 29.341 hombres.

· Cuerpo de Observación de los Pirineos Occidentales (mariscal Bessières), con dos divisiones de infantería, una de caballería y la artillería correspondiente, que junto a las pequeñas guarniciones de San Sebastián y Pamplona sumaban 19.096 hombres.

· Cuerpo de Observación de los Pirineos Orientales (general Duhesme), con una división de infantería francesa y otra italiana, y dos brigadas de caballería de cada una de ambas nacionalidades sumando 12.724 hombres.

· Destacamento de la Guardia Imperial (generales Dorsenne y Friederichs) con 6.140 hombres de pie y a caballo.

A los pocos meses de guerra, se renombraron estos cuerpos como ejércitos y por zonas geográficas, aunque su composición y efectivos apenas cambiaron

La calidad de estas tropas descubre el pensamiento de Napoleón. La mayor parte de estas unidades estaban compuestas por soldados bisoños, reclutados apresuradamente y apenas instruidos. El Primer Cuerpo de Observación de la Gironda estaba integrado por “legiones de reserva” formadas por reclutas de la quinta anticipada de 1.808. El Cuerpo de Observación de las Costas delOcéano, por “regimientos provisionales”, formados por jóvenes reclutas procedentes de las fronteras del Norte y del Este. El Cuerpo de Observación de los Pirineos Occidentales, con excepción de las tropas de la Guardia que le estaban afectas, por “regimientos provisionales”, “regimientos suplementarios” y “regimientos de marcha” (estos últimos incluían los rezagados y extraviados, los desertores recuperados y los hombres que salían de los hospitales), con reclutas de los reemplazos de 1.808 y 1.809. Solo el Cuerpo de Observación de los Pirineos Orientales contaba con una buena proporción de tropas veteranas. (2)

Sin embargo, sí envió unos mandos superiores de calidad. Los mandos de los cuerpos eran de los mejores, expertos y probados, salvo su jefe, el mariscal Murat, príncipe del Imperio y cuñado de Napoleón, reputado como jinete intrépido y casi temerario, pero no como hombre de juicio. No era el hombre adecuado para dirigir un ejército combatiente, pero quizá sí para uno intimidatorio. Napoleón le puso como jefe de Estado mayor al excelente general Belliard, veterano de todas las campañas de la República y el Imperio.

En realidad, Napoleón no se proponía conquistar España por la fuerza, sus planes tendían a resolver políticamente el problema español de acuerdo con sus intereses. De conformidad con este propósito, las tropas que había enviado a España no estaban destinadas en principio a combatir, sino a respaldar por su presencia la operación política que había planeado. La resistencia que esperaba se reducía amotines callejeros, como el de Madrid del 2 de mayo, o alguna lucha eventual con las unidades aisladas de nuestro ejército, que ya había procurado dispersar por la periferia. Tampoco tenía otras tropas veteranas que enviar, salvo que desguarneciera los territorios de Europa central, que consideraba por entonces de mayor interés para su imperio.

Hablemos un poco de su inicial adversario, el ejército español.

En las mismas fechas, y después de dos reorganizaciones sucesivas (1.805 y 1.806) que afectaron principalmente a las armas de Caballería y Artillería, el ejército español estaba formado por:

· Tropas de la Casa Real: tres compañías de Guardias de Corps y una de Alabarderos, dos regimientos de infantería uno Español y otro Valona) y seis escuadrones de Carabineros Reales (caballería)

· Infantería de Línea: treinta y cinco regimientos españoles y cuatro extranjeros (Irlanda, Hibernia, Ultonia y Nápoles.

· Infantería suiza: seis regimientos

· Infantería ligera: doce batallones de voluntarios

· Caballería: doce regimientos de línea, ocho de dragones, dos de cazadores y dos de húsares.

· Real Cuerpo de Artillería: Estado Mayor y cuatro regimientos, más 17 compañías fijas para la defensa de las plazas fuertes y cinco de obreros para el servicio de parques y maestranzas.

· Real Cuerpo de Ingenieros: Estado Mayor, plantilla de jefes y oficiales empleados en diversos mandos y servicios y un regimiento de zapadores-minadores.

 

Además de estas tropas de primera línea, existían varias clases de milicias, que hacían las veces de reserva.

Milicias provinciales: 43 regimientos (en realidad batallones reforzados) con el nombre de las capitales de provincia o distrito dende se reclutaban. Estaban movilizados desde 1.804 (guerra contra Gran Bretaña), por lo que ya estaban suficientemente instruidos y disciplinados como para equipararse a la infantería de línea, sobre todo las cuatro divisiones que se habían formado agrupando las compañías de granaderos entresacadas de los regimientos provinciales, y que llevaban los nombres de Castilla la Nueva, Castilla la Vieja, Andalucía y Galicia.

Milicia Urbanas: 114 compañías, dedicadas a la vigilancia de costas y fronteras.

Inválidos hábiles, 41 compañías y Fijas, 85 compañías. Por falta de efectivos e instrucción no se les puede considerar como tropas combatientes.

Considerando únicamente el ejército permanente y las milicias provinciales, la fuerza militar terrestre de que disponía España al iniciarse la guerra era de 138.241 hombres (7.222 jefes y oficiales y 131.019 de tropa). De estas tropas hay que deducir las que se encontraban en Dinamarca y las que, al producirse el levantamiento, fueron disueltas o hechas prisioneras por los franceses en Portugal o en las zonas ocupadas, aunque de éstas las que guarnecían Oporto se incorporaron al ejército de Galicia y las que estaban en Lisboa y Setúbal lo hicieron al de Andalucía. De las de las zonas ocupadas también se hicieron pocos prisioneros, pues se produjeron deserciones en masa o en grupos organizados que se incorporaron a los ejércitos de las zonas libres o se constituyeron en guerrillas (o se fueron a sus casas). Hay registrados 9.514 hombres prisioneros que, sumados a los 14.905 del Cuerpo Expedicionario del Marqués de la Romana en Dinamarca dejan un total de 113.822 hombres de tropa regulares españolas, sin contar con las portuguesas, cantidad suficiente para haber servido de núcleo al levantamiento nacional frente a los 116.979 de Murat y Junot

Tampoco faltaban medios, pues además de las dotaciones de los cuerpos, en los almacenes de la península e islas adyacentes había 6.020 cañones, 949 morteros, 745 obuses y 152 pedreros de diferentes tipos y calibres, 344.389 fusiles, carabinas y escopetas y 40.375 pistolas, 1.470.902 proyectiles de cañón y 74.880.983 de fusil, 51.535 cartuchos cargados para artillería y 6.761.464 para infantería.

 En cuanto a las calidades generales respectivas de ambos ejércitos, del francés hay poco que decir, era el mejor de su época, el que primero había instituido el sistema de reemplazos tras la revolución (con los que disponía de más soldados) y sus cuerpos de caballería, artillería e ingenieros eran mejores que los de las demás naciones europeas, pues ya eran buenos antes de la república y luego fueron mejorados por Napoleón. Además, su sistema de promoción por méritos (no pocos mariscales habían empezado de soldados) consiguió un excelente cuerpo de jefes y oficiales, que tenían mucha experiencia por estar combatiendo desde la Revolución (3). Buscando un defecto, aparte del evidente de que, aunque Francia era un país rico, no tenía fuerzas para dominar el mundo, la doctrina de offensive à outrance (que se conservó hasta la primera guerra mundial, inclusive, para desgracia de sus poilus) fue uno de los motivos de sus derrotas frente a los británicos. Como consecuencia de esa prioridad a la ofensiva, la infantería francesa atacaba en columna de batallón, sistema adecuado contra tropas no muy adiestradas y disciplinadas, pero inadecuado frente a la infantería británica que combatía formada en líneas.

En cuanto al español, sufrió agrias críticas de los franceses que combatieron en la península: soldadesca indisciplinada y mal vestida, escuadrones sin caballos, arsenales vacíos, subalternos desidiosos e ignorantes… Sin embargo, estos franceses, por lo que diremos más abajo, no tuvieron la oportunidad de conocer al ejército regular que combatió en Bailén y Valmaseda. Los comentarios sobre el ejército expedicionario en Dinamarca, formado por tropas regulares, pero no escogidas como selectas, pues se designaron por la suerte o porque estaban próximos a la frontera francesa, fueron muy diferentes. En efecto, tanto el rey de Baviera (A la vista de estas tropas comprendo las grandes hazañas de los ejércitos de Carlos V) como los generales franceses (Bernadotte, futuro rey de Suecia: yo con este regimiento entraría en el infierno y echaría de él al diablo) se explayaron en elogios tras ver a esas fuerzas en combate.

En resumen, salvo un problema de escasez de caballos aptos para las tropas montadas, debido al relativo abandono en que se había tenido a las remontas en los últimos años, el ejército español era similar a cualquiera de los europeos, excepto al francés.

Y la pregunta: ¿por qué tras Bailén se sucedieron derrota tras derrota y porqué el ejército español mereció esos comentarios despectivos de los franceses? Y más tarde de los británicos, aunque más matizados.

Cuando Carlos IV y su hijo Fernando llegaron a Valenciennes, el hijo devolvió la corona a su padre, que aceptó el nombramiento como rey de España de José I. Las altas autoridades españolas, en general, aceptaron esta decisión, que se tomó de forma “legal”. Tras el 2 de mayo, la nación entró en rebelión también contra el Estado que había aceptado este cambio de rey, y las estructuras legales saltaron. En la mayoría de las provincias españolas los ciudadanos salieron a las calles, deponiendo o asesinando a las autoridades que no se pusieron a la cabeza del movimiento y pidiendo “armas para el pueblo”, que obtuvieron, vaciando los almacenes militares. Muchos soldados abandonaron las filas para seguir también el movimiento, porque era más atractivo o porque tenían oficiales sospechosos de afrancesados, con lo cual el ejército, salvo algunas unidades muy cohesionadas o mandadas por oficiales prestigiosos y populares, simplemente se disolvió. Estos ciudadanos movilizados intentaron después oponerse a las tropas regulares francesas al grito de “victoria o muerte” y se dispersaron al primer choque, dando lugar a que los franceses entraran a saco en no pocas ciudades. Muchos se instituyeron en partidas, luego guerrillas y, al final de la guerra, en secciones del ejército más o menos reconstituido. Hablaremos más abajo, y también de los josefinos. Además, en casi cada provincia se formó una Junta Provincial Suprema que empezó a discutir con las demás y a dar puestos de alto mando en los restos del ejército a los más allegados y no a los más preparados, e intentando que las pocas unidades militares que restaban o se reconstituían no salieran de su territorio y su control.

Un problema mayor fue la falta de dinero. Tras un primer y corto período en que se recibieron importantes donaciones de los virreinatos americanos, los gobiernos españoles sufrieron de una catastrófica falta de dinero (el nervio de la guerra), de forma que sistemáticamente se recaudaba poco más de un 20% de lo presupuestado como necesario. Se subsistía escasamente gracias a préstamos británicos.

Otro problema fue la falta de un mando militar supremo que dirigiera las operaciones militares en todo el país, lo que produjo una fatal falta de coordinación en la mayoría de las ocasiones. Las operaciones estuvieron dirigidas primero por las Juntas Provinciales, organismos colegiados, luego por la Junta Centra, también colegiada, luego por la Regencia, muy mediatizada por las Cortes (de Cádiz) y final e inevitablemente por un extranjero, el Duque de Wellington. (4)

Los franceses también tuvieron este problema, pues Napoleón no nombró un mando único para la Península hasta mediada la guerra, en que designó a su hermano José, el rey, quien ni era la persona adecuada por su falta de conocimientos militares (problema menor, pues tuvo un excelente Estado Mayor), ni, sobre todo, porque los mariscales y generales que dirigían los ejércitos peninsulares no le respetaban y encontraba, excusas para no obedecerle. Sin embargo, sí existía un mando supremo, el mismo Napoleón, cuyas órdenes eran a veces discutidas, pero siempre obedecidas al instante. Los inconvenientes principales de que Napoleón dirigiera la guerra eran dos, el primero que a veces, pocas, perdía la idea clara de la situación en la Península (por ejemplo, ordenó traspasar fuerzas desde el Ejército de Portugal, debilitándole, para reforzar los de Aragón y Cataluña que conquistaron Valencia, lo que, a medio plazo, permitió el comienzo de la ofensiva definitiva de las fuerzas angloportuguesas y españolas desde el país vecino. El otro inconveniente fue el retraso en las comunicaciones. Desde que un mando de ejército enviaba un correo al gabinete de Napoleón hasta que le llegaba, decidía (siempre rápidamente) enviaba la orden y ésta llegaba al mando inicial podían pasar dos meses, lo que las hacía anacrónicas.

Esto no ocurría en otros países europeos, pues el problema no era la distancia, sino la existencia de las Guerrillas.

El fenómeno de las guerrillas, prácticamente exclusivo de España, se produjo por lo que decíamos antes sobre la descomposición del ejército y por el entusiasmo patriótico antifrancés de la gran mayoría de la población. Efectivamente, tras la rebelión nacional de mayo y junio de 1.808, se formaron, en las zonas ocupadas, por una parte pequeñas unidades militares que comenzaron a operar sin coordinación con un mando central inexistente, por otra por restos de las milicias provinciales dirigidas por personajes locales con iniciativa, por grupos de desertores y paisanos motivados dirigidos por el mismo tipo de líderes y finalmente por desertores y delincuentes que se dedicaban a robar y saquear aprovechándose del río revuelto.

La primera labor de las guerrillas (las que querían luchar contra los franceses) fue la de acabar con los grupos que se dedicaban a vivir saqueando a la población; no fue fácil ni rápido. A continuación:

· Las que eran restos más o menos organizados del anterior ejército se dedicaron a hacer lo que está previsto en estos casos de fuerzas menores en territorio enemigo: interceptar las comunicaciones, atacar a los destacamentos aislados y apoderarse o destruir los suministros del contrario, refugiándose a continuación en zonas de difícil acceso. Para eso necesitaban apoyo de la población en forma de suministros e información, que generalmente tuvieron. Cuando tuvieron ocasión se incorporaron a fuerzas mayores, terminando por integrase en alguno de los ejércitos en que se dividían las fuerzas nacionales Ejemplo: el coronel José Joaquín Durán Sánchez-Gómez y Barazábal, que partcicipó en la batalla de Bailén, fue hecho prisionero tras la batalla de Tudela, se escapó y formó una guerrilla en la Rioja y Soria que llegó a tener 7.000 hombres

· Las procedentes de las milicias hicieron algo parecido, aunque permaneciendo en sus zonas de origen. Ejemplo: los migueletes catalanes, que, bajo las órdenes del general Milans del Bosch pelearon exitosamente, dentro de sus posibilidades.

· Las “guerrillas propiamente dichas”, o sea las que corresponden a la imagen popular de un caudillo no militar con seguidores civiles. Fueron muchas y con diferentes trayectorias, desde, por ejemplo, la de Julián Sánchez (en realidad era un soldado del Regimiento de Mallorca), que acabó siendo nombrado brigadier y acabó lado de las tropas angloportuguesas como jefe de una brigada de caballería utilizada exitosamente por Wellington en misiones específicas y como unidad regular en las batallas campales, o la de Francisco de Longa, que empezó de aprendiz de herrero y acabó mandando la División Iberia. Otro tipo de guerrilla fue, como ejemplo, la del Cura de Riogordo, que se mantuvo hostigando a los franceses en la parte oriental de Málaga con una pequeña partida durante toda la ocupación francesa.

Para la población civil local, la presencia de las guerrillas fue una maldición, pues imponían contribuciones para sobrevivir y reclutaban a los hombres válidos de grado o por fuerza, además de castigar a las poblaciones desafectas. Los ejércitos franceses contribuían a la desgracia de estos habitantes, también imponiendo contribuciones, requisando alimentos y transportes (carros y ganado de tiro) y tomando represalias contra las poblaciones afectas (a los guerrilleros, en este caso). 

                                                                                                            SIGUIENTE......

 

Volver

© 2006 Asociación de Veteranos de Dragados

Todos los derechos reservados Términos de uso - Privacidad - Aviso Legal