Asociación de Veteranos de Dragados

Pinche en las letras para adaptar el tamaño del texto

Públicas:651984

Privadas:6367

 

 LOS AFRANCESADOS

Categoría: Historia
Fecha: 07/01/2022

LOS AFRANCESADOS. Paco Castellanos (Novbre.2021)

Tras aprobarse el 7 de julio de 1808 la Carta Magna para España presentada por Napoleón en Bayona, en la asamblea constituida al efecto por los representantes españoles, dicha Constitución fue jurada por José Napoleón(José I) ante el arzobispo de Burgos.

El monarca, de inmediato, nombró un gabinete formado en su mayoría por exministros de la monarquía borbónica y escogidos personalmente por él. Entre ellos a Jovellanos, para el Ministerio del Interior, que no aceptó.

José I, el 12 de Julio de 1808, desde Vitoria, lanzó unaproclama  en la que anunciaba sus buenos propósitos de labrar la prosperidad del país. Llegado a Madrid, organizó el Consejo de Estado, Nobleza, Clero y Corporaciones. Todos le rindieron vasallaje y fidelidad al nuevo monarca; y Fernando VII, desde su confinamiento, felicitaba y juraba fidelidad y adhesión a la recién inaugurada dinastía…. mientras sucumbían gloriosamente muchos españoles.

La denominación de afrancesados aparece para definir a todos los españoles que se prestaron a colaborar con los invasores franceses y aceptaron la monarquía de José I. El término, elaborado en sentido peyorativo, hacía que ese grupo de españoles fuera considerado de traidores a la patria.

En sentido ideológico, los españoles de principios del siglo XIX se podrían encuadrar en dos grandes grupos. El primero comprende el sector de la sociedad integrado en el Antiguo Régimen y la monarquía española. Este grupo tiene sus conciencias dirigidas por los estamentos más conservadores, como son el clero y la nobleza.

El segundo grupo se nutre con aquellos que se incorporaron a la Ilustración, asimilando las ideas de sus pensadores(Voltaire, Rousseau, Montesquieu, etc.). Y es dentro de este grupo donde se dieron dos tendencias. Una que acepta la solución reformista y sin traumas, pero sí impuesta por la intervención armada, preconizada por Napoleón. Sus seguidores son los que conforman el grupo de los afrancesados, quienes toman el camino de un reformismo ilustrado que les debía evitar el despotismo absolutista y una guerra ruinosa contra Napoleón; y que cometieron el error de no ver ni admitir que el francés sólo buscaba la explotación de los bienes materiales españoles, cosa que no podían conseguir con el uso exclusivo de las armas. La anexión a Francia de las provincias al norte del Ebro fue un golpe fatal para la política de los afrancesados, quienes no pudiendo aceptar ese desmembramiento ni oponerse abiertamente a él, se vieron obligados a ignorarlo.

Cuando José I abandonó España en junio de 1813, la mayor parte de los afrancesados le siguieron, estableciéndose en el mediodía de Francia. En el tratado de Valencay(11 dcbre. de 1813), Fernando VII se comprometió a reintegrar en sus derechos y honores a los españoles que habían seguido al rey José, pero no solo no respetó lo estipulado, sino que desterró a otras muchas personas que habían permanecido en España. Al mismo tiempo inició la persecución sistemática de los liberales, sin considerar que muchos de ellos le habían ayudado a recuperar el trono. Pese a todas las presiones que los monarcas franceses realizaron para que Fernando VII decretara una amnistía, los afrancesados no pudieron volverá España hasta la reinstauración del constitucionalismo en 1820.

La otra tendencia considera que España necesita su propia revolución ilustrada. Esta rama es la que conforma la base de los liberales españoles, que aspiran a un cambio genuino y fuera de toda influencia exterior. Éstos son los que terminan elaborando la Constitución de Cádiz. La adhesión “patriótica” de muchos de estos liberales fue inducida, también, por la actitud altiva de las tropas francesas en la península, con la realización de todo tipo de desmanes sobre los ciudadanos españoles, así como el desprecio por la religión Católica, firme y sólido pilar arraigado en el pueblo español, lo que provocó el levantamiento revolucionario y patriótico del dos de mayo de 1808, alzamiento que se extendió como un reguero de pólvora por toda la nación española. Indudablemente, la mayoría tenía poca fe en el resultado de la contienda armada, al menos al principio. Pero los patriotas resistieron más de cinco años una lucha desigual y cruenta, y con la ayuda de Inglaterra logró que se resolviera a su favor.

Con respecto a los que se posicionaron a favor de José I, el historiador Artola, establece dos clases de afrancesamiento: los colaboracionistas y los juramentados. Los primeros son los que aceptaron el pragmatismo político propuesto por José I ante una situación de desgobierno y anarquía generalizada; los segundos son los que se unen al régimen político del rey José por razones materiales y de supervivencia.

En la zona ocupada por los franceses, situada bajo la influencia del rey José I, se implantó una nueva administración, que distaba mucho de la del Antiguo Régimen, hecho recibido por muchos con gran alivio. Durante este periodo una de las facetas más acusadas del mismo fue la de obtener adeptos, para lo cual se crearon los organismos encargados de la propaganda correspondiente. Según López Tobar, fueron unos dos millones de personas las que prestaron obediencia al monarca francés. De todosmodos, más que la propaganda, fue la coacción la que dio lugar a este resultado. Todos ellos colaboraron de algún modo con el nuevo régimen, aunque su grado de afrancesamiento fuera muy distinto. La mayoría provenía del aparato burocrático, pequeños propietarios, comerciantes, etc., que se limitaron a cumplir órdenes, y cuya prioridad erasobrevivirante todo. Su colaboración no pasó en la mayor parte de los casos en un acatamiento resignado de la nueva situación. Apenas unos pocos miles de españoles salieron de esos dos millones abandonando el anonimato para pasar al primer plano de la colaboración. El número de afrancesados que López Tobar justifica es de 4.172, obtenidos del censo de emigrantes y distribuidos de la forma siguiente:

Consejo de Estado….17

Nobles…………………99

Particulares…………123

Eclesiásticos……….252

Desconocidos………286

Militares…………….979

Administración……2.416

 

LOS AFRANCESADOS. De Fernando Ortiz

Utilizaremos el significado más común de la palabra afrancesado: los colaboradores con los franceses durante la Guerra de la Independencia. Vaya con la definición, ahora habría que definir qué es colaborar.

En las sociedades, aún en las más homogéneas, hay diversas corrientes de opinión a las que se adhieren grupos de personas. En la época del asunto, la masa principal de la población se adhería a los principios tradicionales o simplemente sobrevivía. La parte más culta y rica, incluyendo, claro, la dirigente, estaba como siempre en los principios “del siglo”, tan convulso tras las revoluciones habidas en los Estados Unidos y, sobre todo, en Francia. En fin, que teníamos una corriente “ilustrada”, heredera del siglo de las luces y de la monarquía benefactora y otra “liberal”, que consideraba al rey como administrador de la nación que pertenece a los ciudadanos. Entre los partidarios de una u otra corriente, y perdón por las caricaturas que de ellas he hecho, los había, también como siempre, acérrimos y moderados. También estaba la masonería, siempre enemiga de la Iglesia.

Esta situación de diversidad de corrientes es normal en cualquier período, pero la situación era, como hemos dicho, especialmente convulsa. Tras la abolición de la monarquía absoluta en Francia, en España ocurre el “pánico de Floridablanca”, quien elaboró un informe que terminaba afirmando que “en Francia se acabó todo”. Floridablanca fue sustituido por Aranda durante ocho meses y éste reemplazado por Godoy en el cargo de ministro universal. Godoy tenía veinticinco años, y su principal mérito era la lealtad a los reyes. En general, la clase dirigente le rechazó por proceder de la baja nobleza. La guerra de los Pirineos, organizada por Aranda y ejecutada y perdida bajo Godoy acabó en la Paz de Basilea y el Tratado de San Ildefonso (1796), por el que España y la Francia republicana se aliaban contra Inglaterra. Estas guerras produjeron graves problemas económicos.

El descontento de la nobleza y sus recelos del poder de Godoy se traducen en intrigas en la Corte, animadas por la acción de los agentes del ya emperador Napoleón, la impaciencia del príncipe de Asturias por reinar y el temor del clero a las medidas desamortizadoras. El resultado es el Motín de Aranjuez, la “Revolución española”. Carlos IV abdica en su hijo y “acude a ponerse en los brazos de un gran monarca, aliado suyo”. España está ya invadida por el ejército francés con una fuerza de 65.000 hombres, y el gran monarca es Napoleón, claro.

El objeto de esta introducción sobre los hechos anteriores al levantamiento del dos de mayo es el de intentar comprender los comportamientos de los españoles ante él.

El pueblo llano está confuso ante la situación de la monarquía, pues a la rebelión contra Godoy se suma la abdicación forzada del Rey. Ve un enorme ejército extranjero situado en su país, que causa grandes problemas a las poblaciones por las que pasa o se establece. Además de la mala situación económica

Los “ilustrados” son gente de orden, temen a las revoluciones populares y ven la confusión que reina en la cabeza del Estado. De momento están intentando seguir la legalidad vigente y han estado con su rey, que en unos días vuelve a ser Carlos IV quien abdica otra vez y pone la corona en manos de Napoleón, en Bayona elaborando una Constitución (mejor, une Acte Constitutionnel de l’Espagne). En julio tenemos un nuevo rey, José I.

Los “liberales “que también son en principio gentes de orden, pero se sienten más patriotas o nacionales que los anteriores, ante el desorden del Estado y la invasión extranjera toman posiciones más antifrancesas.

Todos ellos se ven obligados a tomar partido ante el desorden general y las reacciones antifrancesas de parte del pueblo llano y una minoría de los dirigentes. La batalla de Bailén tiene lugar el 19 de julio de 1808 y ayuda a muchos a decidirse. Intentemos ponernos en el lugar de cada uno de ellos ante una elección grave y difícil, entre otras cosas porque estamos ante una guerra que es también, como casi siempre, guerra civil. En una guerra civil los moderados desaparecen y los acérrimos se multiplican, y la de Independencia fue cruelísima.

Seguir con José I es seguir la legalidad, en un régimen que se supone avanzado y dispuesto a introducir modificaciones que afrancesen el país, siendo Francia el faro de la clase culta europea. Se trabajará en pro del orden. Se conservarán los cargos y privilegios. El rey se sostiene sobre las bayonetas del ejército francés, pues el español o está enfrente o, tras la luminaria de Bailén y como Don Beltrán, se ha perdido entre la gran polvareda.

Estar contra José I es ser patriota luchando contra el invasor extranjero con la mayor parte del ejército, aceptando los riesgos del desorden. Pero este rey tiene detrás a su hermano y el mayor y mejor ejército de Europa. Se podrá contar probablemente con la ayuda británica, pero su ejército es pequeño y su gran armada poco puede hacer en una guerra terrestre. El Estado se ha desintegrado y han surgido federalismos, particularismos y los desórdenes anejos a estas situaciones de rebelión contra el orden establecido. Perderán sus cargos y prebendas.

El pueblo llano, tras los primeros fervores pronto brutalmente acallados por el ejército francés, se divide, aunque pronto se va inclinando hacia el bando patriota, por patriotismo y defensa de sus tradiciones religiosas. La doctrina militar francesa dictaba que los ejércitos debían vivir sobre el terreno, lo que provoca enfrentamientos que provocan represalias, que provocan…. Las guerrillas, tan españolas, comienzan salvo excepciones una guerra de exterminio que es respondida con creces por el ejército invasor. No iban a perder cargos ni prebendas, si acaso la vida. Hay pocos “afrancesados”, pues los que se resisten no lo son y los demás no tienen que significarse

Hay una parte del pueblo no tan llano compuesta por funcionarios y otros dependientes del erario que tienen que cumplir con la exigencia de jurar lealtad al nuevo rey. Casi todos lo hacen, unos porque quieren colaborar con el nuevo régimen y la mayoría porque si no juran pierden sus ingresos y no tienen otros. Es su principal motivación. Es conmovedor leer los oficios en que los funcionarios, civiles y eclesiásticos, piden a las autoridades josefinas un puesto que les permita vivir. Es menos conmovedor ver que algunos alegan como mérito el haber denunciado a los opuestos. Los patriotas consideran “afrancesados” a todos los que hayan jurado

La mayor parte de los Ilustrados se convierten en afrancesados.

Los liberales se suman en su mayoría a la rebelión.

Conviene comentar el comportamiento del clero, que en la historiografía popular parece levantarse en masa contra los franceses enemigos de la religión. Es un asunto no demasiado investigado hasta ahora, pero sí se sabe que la casi totalidad del alto clero y la mayoría del clero secular se mantuvo favorable al nuevo régimen, mientras el clero regular comenzó dubitativo, pero al producirse la desamortización se alineó con o se puso al frente de la rebelión.

La Historia nos muestra personas que tuvieron pocas dudas. Me permito recordar el caso de un personaje interesantísimo cuya vida merece mejor difusión, el general Álava. Miguel Ricardo de Álava procedía de familia de militares de Vitoria. Participó en la batalla de Trafalgar como alférez de fragata y terminó su vida guerrera en la de Waterloo junto a su gran amigo Wellington. Estuvo en Bayona como representante de la Marina. Viendo la situación, volvió a su casa, hizo testamento y se fue a Madrid a pedir un puesto en el ejército para luchar contra los franceses. Ideas claras.

Después, la guerra. Ganan los patriotas y pierden los afrancesados. Las pasiones están altas. Los vencedores, muchos de los cuales han hecho grandes sacrificios, siguen considerando a los afrancesados como enemigos, traidores, que deben pagar por lo que hicieron, pues han contribuido activa o pasivamente a sus desgracias y sufrimientos. Los afrancesados mejor situados o relacionados consiguen, apoyados por sus contactos, confundirse con el paisaje. Otros no lo consiguen, y deben permanecer en Francia, siendo un problema para el gobierno francés. El ¿nuevo? rey español, Fernando VII, tampoco quiere saber nada de ellos. Por fin son los liberales, durante el Trienio, quienes permiten el regreso. El tiempo, como siempre, ha hecho su trabajo.

Y ahora un asunto con consecuencias: Es curioso el hecho de que Napoleón se equivocara tan terriblemente como lo hizo al involucrarse en España. Cómo se sorprendió cuando, derrotado (destruido) el ejército español, recibida la corona de los reyes tradicionales y puesta de su lado la gran mayor parte de la clase dirigente, civil y eclesiástica (los afrancesados), el ejército francés solo domina el suelo que pisa. No ocurrió en ningún otro país europeo. ¿Quizá porque la clase dirigente vivía en un mundo de ideas distinto del de la base que dirigían? ¿Qué había ocurrido en las élites españolas? ¿Por qué en España hubo “afrancesados” y no en Francia, estados italianos, principados alemanes, … “hispanizados” o “anglicanizados” ...?

 

 

AFRANCESADOS. Goya un ejemplo interesante. De E. Cabellos.

Goya (Fuendetodos 1750 – Burdeos 1828). Su vida es un largo trayecto de más de 50 años entre el “Cuaderno italiano” 1770-1786, y su primer lienzo de entidad Aníbal vencedor por primera vez mira Italia desde los Alpes de 1771, y su última obra, en época de las Pinturas Negras, del retrato de Juan Bautista de Muguiro de 1827. Va del romanticismo temprano al realismo más duro, desde el colorido de ricas tonalidades al mundo final de dos colores, blanco y negro casi al borde de su muerte.

Nos muestra la verdad de sus vaivenes políticos, en la que pueden verse representados muchos de los llamados afrancesados, etiqueta (y no me gustan nada las etiquetas), a la que posiblemente nos podríamos tener que adherir todos nosotros ante unos vaivenes políticos que nos obligasen a sobrevivir en difíciles circunstancias.

Después de pintar a la alta sociedad madrileña, apoyado por Jovellanos, Floridablanca y Ceán Bermúdez, en 1786 es nombrado pintor Real, sustituyendo a Maella. Es su etapa de estampas para tapices, majas galantes, vendimias, juegos de campo y columpios, que enlaza con la revolución francesa, 1789, cuando estuvo próximo a los círculos afrancesados. De 1795 es la Duquesa de Albade blanco, donde pasa de ser preciosista y dulce a una mayor abstracción, de pincelada cargada de materia, desde las formas bellas llega a un expresionismo que es metáfora del mal, También le influye su contacto con Jovellanos, Moratín, Menéndez Valdés, intelectuales afrancesados; llegó a primer pintor de cámara con retratos reales que culminan con la Familia de Carlos IV, de 1800, donde se autorretrata como parte del juego; luego dejó de recibir encargos de la corte y se dedica a los aristócratas primero y desde 1808 - 1810 a la burguesía madrileña con un realismo psicológico que muestra defectos, fallos e inseguridades y comienza su época crítica, en la que destaca como grabador de los Desastres de la guerra (1810-15), la Tauromaquia (1814-16) y los Desastres o Proverbios (1816-24).

Goya pinta Alegoría de la villa de Madrid en 1810, en museo Municipal, con la imagen de José Bonaparte en un gran tondo, que poco después debe sustituirse por la palabra Constitución ante la salida de José tras la derrota de Bailén. Regresa el rey y se vuelve a pintar su efigie, para volver a Constitución al irse definitivamente. Más tarde, en recuerdo de la revuelta, se rotula con la leyenda Dos de Mayo. Buen ejemplo de adaptación al medio según conveniencias y régimen vigente.

Dos de sus obras más significativas son la Carga de los Mamelucos y los Fusilamientos del 3 de Mayo, realizadas en 1814, ambos en formato ambicioso 268 x 347. La primera atrae por su dinámica y su gran movimiento. Los Fusilamientos del 3 de Mayo es una de sus obras más modernas y revolucionarias, tanto por su temática como por el modo de representar la tragedia. Hay una iglesia tenebrosa. Coloca una lámpara que alumbra hacia los reos y permite mostrar sus rostros entre la desesperación y la esperanza en dios; de la tristeza, a la euforia del personaje central, arrodillado. Presto a caer muerto, su último aliento es para imprecar a los soldados, con mirada alucinada y una metáfora de un cristo vestido de blanco con los brazos en cruz, e incluso con una herida en su mano derecha lista para su crucifixión. Toda la pasión y las emociones mostradas en la parte izquierda del lienzo contrasta con la penumbra y estatismo del lado derecho, unos fusileros que no muestran emoción ni acción, son una simple máquina de matar.

Pasa de los retratos que reflejan poder y gloria al abismo de horror de las estampas que llegan al sadismo. Esa crueldad se refleja en los últimos retratos oficiales de personajes marioneta. Pinta la guerra con su irracionalidad y crueldad, sin héroes ni vencidos, y les llama “populacho” y “bárbaros”. En las 14 últimas Pinturas Negras de la Quinta del Sordo encuentra no solo una modernidad, sino el positivado de un drama que es la perversión a la que alcanza el hombre, y la falta de resignación ante el terror y lo siniestro.

En esta última etapa refleja tullidos, viejas, brujas, asnos con levita y capirote de la Inquisición. En carta a Zapater escribe: “La fantasía, aislada de la razón, solo produce monstruos imposibles”. Miguel Falomir, director del Prado escribe “No creo que haya otro artista contemporáneo que aborde la violencia contra la mujer o las desigualdades sociales como lo hizo Goya hace 200 años”. Por ello es profundo y actual como pocos artistas. Hay paranoia, pero también visión de su país y del futuro que ve venir.

Encontramos en Goya tres vertientes: la ilustrada y afrancesada de los retratos ilustres y ambientes palaciegos; que alterna con la popular de verbenas, toros y cartones festivos para tapices, y la veta brava de las pinturas negras y muchos grabados como los Desastres de la Guerra. Lo curioso es que, hoy, los cartones costumbristas y cercanos al pueblo resulten mucho más insólitos que cuales quiera de sus pinturas negras. Aquello popular es un mundo pasado, casi feliz y olvidado, mientras sus escatológicas obras de la Quinta del Sordo entroncan muy bien con nuestro siglo XXI cargado de violencia, frustración, enfrentamientos en todos los niveles, desde las guerras, emigraciones y miedos. ¿Es tan solo una visión desde España? ¿Encajaría en otras sociedades de otros países?

Adjunto un artículo sobre un libro de Dufour sobre Goya y su evolución.

Goya durante la guerra de la Independencia. De Gérard Dufour, por Luis Ribot. El Cultural.

      'Alegoría de la villa de Madrid', de Goya. 1810

En el Museo Municipal de Madrid se encuentra el cuadro Alegoría de la villa de Madrid (en la imagen) pintado por Goya en 1810, a la derecha del cual dos figuras sujetan un medallón en el que al inicio aparecía retratado José I Bonaparte. Los visitantes actuales no verán sin embargo su imagen, sino la leyenda “Dos de mayo”, último de los numerosos repintes sufridos por el medallón al compás de los cambios experimentados por nuestro país en el siglo XIX. En 1812, cuando las tropas de Wellington entraron en la capital, la figura del monarca intruso fue sustituida por la palabra “Constitución”. Unos meses después, al regresar los franceses, volvió a figurar el rey José, reemplazado por segunda vez por la “Constitución” tras su marcha definitiva en 1813. La historia de los repintes del medallón continuaría, pero aquí nos interesa únicamente como símbolo de los vaivenes y adaptaciones de Goya durante los años de la guerra, aunque fuera su discípulo Felipe Abas el encargado de retocarlo.

La idea de un Goya afrancesado no es nueva, aunque se contrapone a otras interpretaciones de un Goya patriota, que pintó la lucha desesperada del pueblo de Madrid el dos de mayo de 1808, o la brutalidad de la represión francesa. Por encima de ambas posibilidades, ha predominado la visión de un Goya liberal, que en Los desastres de la guerra denuncia la barbarie de los dos bandos. Ya antes de la invasión francesa, había criticado al clero o a la Inquisición en los Caprichos, y acabaría exiliándose a Burdeos en 1824, tras el fin del Trienio liberal y la reimplantación del absolutismo de Fernando VII.

A despejar todas las incógnitas sobre la actuación del pintor durante la guerra de la Independencia se dedica el libro de Gérard Dufour, uno de los hispanistas que mejor conoce aquellos años y que, al rigor histórico y la información exhaustiva, une un acercamiento desapasionado, libre de cualquier chauvinismo, al drama que supuso la invasión francesa. Con una minuciosidad increíble, Dufour sigue el rastro del pintor a lo largo de aquellos años. Especialmente interesantes resultan sus razonamientos sobre los cuadros dedicados al Dos de Mayo (la carga de los Mamelucos) o a los fusilamientos de Príncipe Pío (los dos de 1814), en los que demuestra que Goya no fue testigo directo de ninguno de ambos hechos. A pesar de su simpatía por la causa patriótica y el odio a los franceses patente en la hoja de una navaja grabada y firmada por él, hubo de acabar contemporizando con la situación. En un principio abandonó Madrid, marchándose a Piedrahita, pero la amenaza del gobierno josefino de incautar los bienes de los ausentes le hizo regresar a la Corte. En su haber patriótico figura, tras Bailén y el primer abandono de Madrid por los franceses, el viaje a Zaragoza, junto con otros pintores, para ser testigos del estado ruinoso de la ciudad después del primer asedio francés. También la renuncia al puesto de primer pintor de Cámara del rey, o el retrato de Wellington durante la efímera reconquista de Madrid en 1812. Sin embargo, aceptó pintar el retrato de José I en la alegoría de la villa de Madrid y participó en dos comisiones elegidas por José I. Una de ellas, para seleccionar una colección de cuadros que habría de regalar a su hermano el emperador (salieron de España hacia París: Ticianos, Rubens, la dama de Elche, los mejores “Beatos” medievales y piezas de oro), y la otra para la creación de un museo en el palacio de Buenavista. Goya firmó el juramento de fidelidad y adhesión al rey impuesto por el gobierno, pese a que lo hiciera con una firma no habitual, que tal vez pudiera expresar su restricción mental. Finalmente, fue condecorado con la cruz de la Orden Real de España, la que los patriotas llamaron despectivamente “la berenjena”, aunque alegara en su descargo no haberla exhibido nunca.

Al regreso de Fernando VII, el pintor fue sometido a la Comisión de Depuración, pero recibió de ésta un trato benévolo y fue exonerado de cualquier culpa de colaboracionismo. Su comportamiento durante la invasión francesa fue similar al de otros muchos que, movidos por el interés, la conveniencia o el miedo, estuvieron tan lejos del heroísmo patriótico como del afrancesamiento. El estudio de Gérard Dufour desvela de forma definitiva tal realidad, y nos deja la incógnita sobre el apoyo inicial de Goya a las reformas liberales de Cádiz, así como su muy probable adscripción a la masonería en los años de la guerra.

COMENTARIOS en TERTULIA

La debilidad de Carlos IV le pone en manos de Napoleón y traspasa la corona al débil y manipulado Fernando VII. Al mismo tiempo la amistad con la Francia de Napoleón obliga a España a enfrentarse a Inglaterra y a la derrota de Trafalgar en 1805.

Napoleón pone en su lugar a su hermano José I Bonaparte en marzo 1808 otorgando la Constitución de Bayona que supone la entronización de José. La consecuencia es el 2 de mayo 1808 donde comienza la rebelión reprimida brutalmente por el general francés Murat.Comienza un fuerte afrancesamiento por muchas razones. Ciertas clases cultas lo hacen por su admiración a la cultura francesa y a la Ilustración; en otros casos se trata de los funcionarios al servicio del estado; a los mandos del ejército español y, en algunos casos, los enrolados en las tropas galas que pretenden dominar Portugal. También tienden a ver con buenos ojos lo francés en el ámbito de comerciantes, universidades, artistas como Goya, e incluso muchas órdenes religiosas que buscan amparo, y gran cantidad de párrocos que les cuesta significarse en defensa de la cultura española.

Las clases populares y campesinas, de cultura tradicional, con arraigo religioso y familiar, son el fermento del que surgen los guerrilleros, a los que se unen militares con experiencia en armas, e incluso algunos bandoleros que vivían del robo en los montes escarpados de imposible control. Son un continuo hostigamiento a las tropas napoleónicas que minan su moral.

La entrada de Napoleón con su Grande Armée supone un fortalecimiento de Rey José, aunque sufren algunas derrotas como el Bruch, o Bailén en 1808 de gran significado y relevancia, a la de Arapiles en 1812. En esas fechas Napoleón tiene que atender la guerra de Rusia que será un desastre y el punto que marca el inicio de su fin.

Después de la batalla de Vitoria en 1813 José I tiene que retirarse de España y antes de salir de Madrid se apodera de todo lo mejor del arte y la cultura hispánica, cuadros, Beatos medievales, oro de los museos, lo mismo que hacen otros generales franceses. En 1814 Napoleón reconoce como nuevo rey al incompetente Fernando VII, que le sigue sus modelos y los afrancesados siguen en el poder. Cuando Godoy hace la primera desamortización del s. XVIIIson muchos los conventos y órdenes religiosas que se quedan en la calle y pierden todo su patrimonio religioso y material.

La consecuencia es la pérdida de múltiples obras de arte, pero también sufren las industrias que son consideradas competidores en cualquier producto. Esta actitud francesa también es asumida por los británicos que en su retirada van dejando tierra quemada, tal como la Real fábrica de porcelana del Buen Retiro que es arrasada por las tropas de Wellington como competencia de la porcelana inglesa.

Además de las rapiñas llevadas a cabo por militares y clase dirigente que se exila fuera de España los ejércitos tanto franceses como británicos pasan devastando todos los signos de catolicismo, queman iglesias, violan a las monjas y derriban lo que no cuadra con el estricto calvinismo centroeuropeo.

Los afrancesados coinciden bastante con la clase culta o ligada a la aristocracia y a la alta cultura, que sigue pautas francesas y en artes, música, literatura busca los modelos del mundo grecorromano, mientras lo popular y enraizado en el terruño lo representan los menestrales, el campesinado y los religiosos más en contacto con lo popular, que se queda en las costumbres y celebraciones de las fiestas populares.

Es curioso la huella que dejan en cierto folklore, como la actual escuela bolera de baile, que en su inicio tiene sus raíces en el flamenco, en su baile y en su cante. Todo el movimiento del cuerpo sigue esta directriz, mientras las piernas siguen las normas y escuela del ballet francés y centroeuropeo.

La guerra de independencia de 1808 a 1814 tuvo una duración de seis años, pero su huella y daños se hicieron notar bastantes años más. Con Fernando VII se recurre a los 100.000 hijos de San Luis que vuelven a recordar los años pasados y que terminan con diversos pronunciamientos (figura política típica del s. XIX), y las condenas a muerte como el ahorcamiento de Rafael del Riego.

A la muerte de Fernando VII en 1833 los carlistas no aceptan la coronación de Isabel II, comenzando la primera guerra carlista que lleva hasta el 1839. Parece que termina en el “Abrazo de Vergara” entre los generales Espartero por los liberales y Maroto por los carlistas. La paz fue confusa y durante el resto del siglo se produjeron la segunda y la tercera guerra carlista, con continuos movimientos de tropas, bombardeos e inseguridades jurídicas.

Todo el reinado de Isabel queda en manos, como presidente de gobierno, de generales que llegan al poder a través de pronunciamientos militares, llamados “espadones”, tales como Espartero, Narváez, O’Donnell o Serrano con gobiernos inestables.

Llega a 1868 cuando la Revolución Gloriosa obliga a la reina a expatriarse; el general Prim busca un rey por toda Europa, hasta que convence a Amadeo de Saboya, que solo dura tres años cuando se va harto de intrigas y zancadillas. España cae en la República Federal, que solo dura 11 meses de disparates y guerras entre vecinos, como cuando algunas ciudades autónomas se ofrecen al presidente de Estados Unidos para formar parte de su nación. El presidente de la república Estanislao Figueras en 1873 ya no puede más y pronuncia su “Estoy hasta los cojones de todos notros” (en catalán).

Ante semejante caos el general Martínez Campos, en un nuevo pronunciamiento lleva a la corona al hijo de Isabel, Alfonso XII, sistema que perdura hasta 1921 gracias a un político conservador que decide turnarse con el liberal Práxedes Mateo Sagasta, ingeniero de caminos, que gobiernan con buenos modos en una aparente inestabilidad, que fue muy duradera.

Total: un siglo muy poco recomendable.

 

Volver

© 2006 Asociación de Veteranos de Dragados

Todos los derechos reservados Términos de uso - Privacidad - Aviso Legal